lunes, 27 de octubre de 2014

TODO, TODO



               
TODO, TODO

Desde que Cármen se había marchado, él ya no le había podido hacer el amor a mujer alguna. Ella se lo había llevado todo, todo. Sus besos, su aliento, su amor, su deseo, su desenfreno, su pasión, su miembro, antes de arrojárselo a los perros.

jueves, 23 de octubre de 2014

LOS SÁBADOS POR LA NOCHE




                                  LOS SÁBADOS POR LA NOCHE 

Los sábados por la noche, mi barrio se transforma en un barrio nocturno. Con una nocturnidad insolente... y a la vez calma. Intempestiva y dulce, si se quiere. Como esos amores que uno piensa que únicamente pueden estar en las páginas de un libro o en la pantalla de un cine. Si, de un cine, porque el televisor le quedaría chico.
Un barrio que durante el día cierra sus puertas y baja sus persianas y se queda adentro, elucubrando emociones para cuando de nuevo la luna se ponga su mejor vestido y con, apenas, una línea de rimel, nos muestre que también puede ser hermosa a cara lavada.
Y porque el día suele estar colmado de realidades. Y, a veces, las realidades duelen. No mucho, pero duelen.
Entonces, una noche a la semana, haga calor o frío, llueva o nieve, nos tomamos franco, y somos malevos con cicatrices en el rostro e infundimos respeto. No miedo, ojo, respeto, a los que nos amedrentaron durante cinco días. O   nos enfundamos en armaduras y andamos impartiendo justicia a diestras y siniestras. O somos la piba esa que inspiró los poemas mas bellos.
Un organito se escucha desde aquella esquina.
En aquella casa, se pueden adivinar varios hombres jugando un truco en el que se van a apostar todo, su futuro, su pasado, mientras en la de enfrente, si, en la de malvones rojos como la mas profunda de las pasiones, una pareja se jura amor eterno mientras se miran a los ojos.

Siempre necesitamos un barrio de esos, un barrio, una casa, un altillo, un rinconcito, donde le podamos dar manija a la vitrola y poner el disco ese que nunca escuchamos porque no tenemos tiempo. O sentarse a mirar las fotos del abuelo, con esos bigotes imponentes donde se escondían las historias mas maravillosas.
Lástima que el sol sale, y entonces, los sueños y los fantasmas se evaporan, pero en una de esas, algún domingo a la mañana, el barrio no desaparezca, y nos encontremos que no hacía falta ningún barrio imaginario para atrevernos, que todo estaba dentro nuestro, y hasta, en una de esas, nos atrevemos a pedirle de salir a la colorada y hasta, con un poquitito de suerte, nos dice que si.... quién te dice..... 

viernes, 10 de octubre de 2014

ROJO ERA

                                                    ROJO ERA

Rojo era, si, de un rojo intenso, como de sangre de novillo recién sacrificado.
Nunca hablaba con nadie y, algunas veces, tuve la tentación de sentarme a su mesa, frente a frente y preguntarle quién era o, simplemente, pedirle perdón o gritarle estúpido, con toda la bronca, salpicándole el rostro con mi furia. Jamás lo hice.
Hasta me atreví a pensar que le clavel no era de éste mundo, era demasiado rojo. Creía que el tipo se había hecho un tajo en el pecho, se había puesto un brote allí, como si fuera un jarrón, o un florero de esos que suelen pegar en los nichos de los cementerios y la flor había crecido así, amamantándose de los fluídos que le daban vida al coso, como un clavel del aire, como un surtidor que se nutre de una napa, como un pozo de petróleo surgido de los muertos que se van pudriendo dentro del pecho. 
Y el hombre estaba una hora, dos, los ojos tristes, opacos, derrotados, clavados siempre en esa puerta que solo se abría para los demás, nunca para él, hasta que se iba. 
Entonces yo me llegaba hasta la florería de la esquina, compraba un clavel rojo y me lo colocaba en la solapa del saco antes de hacer la llamada y sentarme en el lugar donde él había estado. Sabía que mi flor no era lo suficientemente roja como para parangonarse a la de él, pero sí, lo necesariamente roja para que ella la viera cuando entrara al bar, con su pañuelito rosa al cuello, como lo traía  en aquella primera oportunidad, en que llegó tarde, en que yo me senté en ésta mesa y me puse un clavel rojo en la solapa, solo por jugar.  

jueves, 9 de octubre de 2014

ANDRES SE ROBA EL QUESO DE LAS CHICAS

                      

                            ANDRES SE ROBA EL QUESO DE LAS CHICAS 



Andrés se roba el queso de las chicas. Solo hacen un par de semanas que está allí pero las ha espiado desde su nido y sabe que ellas están en edad de crecimiento y que el queso les es necesario para fortalecer sus dientes y sus huesos, pero también sabe que, por esas mismas razones, le es imprescindible a sus pequeños.
Hay otra cosa, ellos tienen la posibilidad de reemplazarlo por otros alimentos que les pueden suministrar esas proteínas como, carnes, leche, yogurt, frutas, vegetales.
En realidad, también hay otra cosa. Él no ignora que, así como sustrae el queso, podría conseguir, de la misma manera, los otros productos, pero él es un ratón, qué embromar.
Andrés sube hasta la mesada usando la cajonera como medio. Asciende como un verdadero trapecista. Sus garritas. Sus dientes. Su cola. Cada parte de su cuerpo es un instrumento para llegar hasta su objetivo y su objetivo está allí, a, apenas, unos centímetros de él, sobre la meseta de acero inoxidable.
Sus movimientos son rápidos, pero, más rápidos son los de la cucaracha que pasa, rauda, en pos de la  comida que, supuestamente, quedó olvidada.
El estruendo es terrible. Andrés debe cerrar sus ojos para que no entren, en ellos, los trozos de órganos de la cucaracha que, aunque aún sacude sus alas, quedó dividida en dos.
Andrés levanta, nuevamente, sus párpados.
Ahora su meta que, en la trampera ya accionada, está a unos pasos, parece muy lejana.
Siente el aroma pero le produce algo de rechazo. Sabe que es un ratón pero, también sabe, que, a veces, hay que perder la esencia para poder subsistir.
De regreso a su escondrijo, recoge unos restos de pan que hay esparcidos sobre el piso de la cocina. Seguramente, sus cachorros deben estar hambrientos.

martes, 7 de octubre de 2014

EL ÚNICO MODO

                                                      EL ÚNICO MODO 
                        

Solo el amor de ella lo mantuvo con vida. Ni las balas de la metralla, ni las esquirlas de las bombas, ni el filo de las bayonetas pudieron contra ese sentimiento. Cuando, al regresar de combate, supo que ella había tomado los hábitos, hizo lo único que podía hacer para conservar su querer, convertirse en Dios.

jueves, 2 de octubre de 2014

GOOGLE EARTH

                                                     GOOGLE EARTH

La computadora está siempre encendida. Ahí, en el Pentágon, no hay problemas de cortes de luz o altibajos en la tensión, por lo que, cuando Jack toma su turno, el google earth ya está en la pantalla. 
-¿Alguna novedad, Jeremy?- pregunta Jack. -Ninguna- responde Jeremy, que toma su chaqueta verde, se la coloca al hombro y se marcha bostezando. 
Jack también tiene una chaqueta verde. Se la dió el ejército de los Estados Unidos el primero de enero de éste año y se la renovará el primero de enero del año próximo como lo viene haciendo, con Jack y con otros tantos, desde hace doce años. 
Jack no quería ser soldado, pero su padre, su abuelo, su tatarabuelo y quién sabe cuántos y cuáles de sus antecesores, lo habían sido y la tradición no se interrumpiría por el capricho de un mocoso que gusta de la poesía. 
Son las 21 hs. y los Lakers acaban de salir nuevamente campeones, pero a él no le interesa. 
En su habitación, un libro de Bukowsky, quedó sobre la cama, ahogado en sangre, atravesado por un señalador de la editorial Minotauro, en la página 127.
Jack se sienta frente a la computadora. Sabe que le aguardan doce horas de buscar nidos de rebeldes en medio oriente, terroristas en Nueva York, o narcotraficantes en Sudamérica. 
La pantalla muestra la imagen de un planeta redondo, diminuto. Jack lo agranda, lo agranda mas, lo agranda mas. 
El mundo ya son continentes. Los continentes, países. Los países, provincias o estados. Los estados, ciudades. Las ciudades, barrios. Los barrios casas..., o bares. 
La calle está a media luz. Pocos autos circulan por el lugar. Adentro, alrededor de la mesa de Pool, el mozo o dueño del lugar, va y viene con copas y botellas. 
En uno de los rincones, seis parroquianos se debaten el podio de ésta noche en un juego que Jack no entendía, pero que acabó por comprender de tanto observarlos. 
Un gato se mulle sobre una silla. 
Entran y salen supuestos clientes que intentan hablar con el que va y viene desde detrás del mostrador, pero éste los ignora. 

Los jugadores se detienen. Ésta mano es la decisiva. Jack agranda mas la imagen. Revisa cada una de las cartas que están en manos de los jugadores. El mas viejo, o al menos el que así lo parece por su blanco cabello, arroja, impetuosamente, un naipe sobre la mesa. 
-¡No, esa no!!!, -piensa Jack. 
Desde las paredes del lugar, fotos amarillas de James Dean, de Marilyn, de  jugadores de fútbol y de un joven sonriente con chambergo y una guitarra en la mano, los observan. 
Otro de los jugadores se incorpora y muestra su juego en un gesto de triunfo. 
-¡Yo sabía!!- dice Jack tomándose la cabeza. 
-¿Todo bien, soldado?-. La voz del superior le llega desde detrás de la pantalla. Jack cierra la imagen. 
Es el coronel Sánchez. En su pecho hay medallas de la guerra de Irak. Sus ojos han visto todo lo horrible que un ser humano pueda imaginar. Viene de uno de esos países del sur. Esta noche le há tocado guardia en el área de satélites. No sabe por qué pero, por mas que há intentado concentrarse, los recuerdos de su infancia lo han invadido. Su barrio. La canchita. El colegio. El bar.¡¡ Cómo adoraba preguntarle a su padre el nombre del de la foto colgada en la pared!!.  - Carlitos, decía su viejo, Carlitos Gardel- y él, no sabía por qué, estallaba en carcajadas. 
-Todo bien, señor- responde Jack. Vuelve a abrir la pantalla en el Google Earth y, nuevamente, hay un planeta redondo, chiquitito, muy chiquitito.