martes, 25 de febrero de 2014

OJOS DE CARAMELOS

                                                       OJOS DE CARAMELOS 

Yo, simplemente, le dije hasta luego, ni siquiera le dí nada. Los otro si, todas las noches, cuando ella pasaba con el cochecito, la ayudaban con una moneda, hasta algunos le arrimaban un billete, pero yo, nada. Cuando veía venir su figura diminuta y sus cabellos negros y revueltos, fingía estar abstraído en mis pensamientos o tener perdida la vista en un punto lejano que nunca existía, pero esa noche, mi mirada se cruzó con la de ella, así, sin querer, y no pude menos que saludarla, como lo hubiera hecho con cualquier persona. 
Ella se ve que no me tomó como cualquier persona, no sé qué habrá visto en mi, firmeza, responsabilidad, ternura. 
Las otras noches, las anteriores, cuando los demás le daban algo, entraba al bar y compraba leche o bizcochos y, aunque el Mauro, el dueño del boliche, no le quería cobrar, ella le entregaba lo obtenido. 
A veces, Mauro se aparecía con una botella de Gancia en la mesa de los buenos samatiranos y no se las cobraba. 
Hasta luego, le dije. Hasta luego, y ella me sonrió. Fue cuando me dí cuenta. Nadie, ninguno de los otros, a pesar de compadecerse de ella, la saludaba. 

Hasta luego,  y salió corriendo como desbocada, como un cachorro al que le sueltan la correa en el medio del campo. Se perdió en la espesura de la noche y la sillita de paseo con su pasajero quedó allí, junto a mi mesa. 
Miré a los otros. Nadie dijo nada. Algunos se levantaron y se acercaron hasta mi dejándome sus colaboraciones. Entré al bar. Habia bizcochos. 
Cuando paso por el café, sé que ellos van a estar para que mi cochecito y yo cumplamos con nuestro destino. 
Existen ocasiones en que deseo ,desesperadamente, que uno de ellos me salude. 
En otras no. Pongo la leche o los bizcochos en la bolsa, acomodo las mantas en la cunita con ruedas y podría jurar que, desde ella, esos ojos de caramelo me observan como si no fueran los de un bebote de goma .

EXCESO DE PROFESIONALISMO

                                         EXCESO DE PROFESIONALISMO 


-Mozo, una lágrima, eh, por favor, ¿qué le pasa?, no lo tome así..., bueno,....bueno, ya va a pasar....

domingo, 23 de febrero de 2014

LA VÍA AL COSTADO DE MI CAMA

                                             LA VÍA AL COSTADO DE MI CAMA 

El silbato del tren solía despertarme por las noches. Desde mi cama, a pesar de no verlos, podía contar los vagones y adivinar si era carguero o de pasajeros.
Sobre la vía que pasaba justo delante de mi casa, calle de por medio, los maquinistas lucían sus gorras azules y las muchachas los saludaban soñando con los lugares que ellos conocían. 
A veces, el negro Mario, Mingo o el Mudo, corrían detrás del último furgón y se subían a él, viajando como vagabundos por un par de cuadras, hasta que tenían que saltar para que no los viera el guarda. 
Algunas mañanas, después de las lluvias, mis zapatos me sorprendían navegando por mi habitación sobre el agua que, por mas que lo intentaba, no podía saltar el terraplén donde se asentaban los durmientes a los que se aseguraban los rieles por donde cereales, vacas y personas venían desde algún lugar para ir a otro. Con el tiempo, los ferrocarriles dejaron de tener interés en pasar cerca de mi ventana, y, con ello, el terraplén fue desmontado y el trabajo de mi padre de subir los pisos quince centímetros resultó obsoleto. No recuerdo bien cuando fue. 
Cierta tarde en que ya los años y la experiencia me habían transformado en hombre, le pregunté a mi madre mientras tomábamos unos mates  en el viejo patio -Mamá,¿ cuándo quitaron las vías que pasaban por acá en frente?-
-¿Qué vías?- me respondió ella.

lunes, 17 de febrero de 2014

LIBERTIA -CAPÍTULO IV

                                                                   LIBERTIA 
                                                                CAPÍTULO IV

                                                           SOMBRAS, NADA MAS

¿Qué hace una mosca en medio de la noche, en medio de la ciudad? Aquella noche de aquel verano en aquella ciudad, Libertia se lo preguntaba. 
Allá, en su lejano y entrañable chiquero natal, sus padres, hermanas y semejantes, nacían, vivían y morían como moscas. -Ten cuidado con el viento!!!- le había dicho la vieja Graciela mientras relamía sus patas impregnadas de porqueriza. 
-El viento es mi amigo- contestaba Libertia, mientras permitía que la brisa le acariciara las alitas. 
Aún ahora, después de que Eolo la había arrastrado con su soplido fuerte hasta ese lugar desconocido, repleto de monstruos hostiles y horribles, ella sentía que el viento seguía siendo su amigo. 
Era, inclusive, él, el único que sostenía diálogos con ella en ese paraje ignoto y era él, el que le traía noticias de sus seres queridos justo en el instante en que Libertia advirtió la actitud extraña en el hombre que , entre las sombras, era una sombra más. 
Sobre la avenida, el único sol era una lámpara de mercurio que cerraba el extremo de un poste de metal. Bajo su luz y, como buscando protección en su halo, una sombra débil se proyectaba. Frágil, desprotegida, terriblemente distinta a la que Libertia había advertido desde la altura del árbol donde se cobijaba. 
Libertia sintió algo horrible en su pecho mientras era testigo de que lo que había pronosticado estaba por suceder. 
La sombra de la bestia que avanzaba por la oscuridad, se avalanzó sobre la débil sombra que se amparaba en la luz del pequeño sol citadino. 
Ambas sombras se revolvieron sobre el pavimento donde los fenómenos con ruedas pasaban ignorándolo todo. 
Libertia no pudo más. Se arrojó sobre el bárbaro, atacándolo en su rostro, en sus manos, en sus oídos, a lo que la fiera respondía con manotazos, tratando de apartarla de su inmunda tarea, por lo que la mosca debía elevar la altura de su vuelo para lograr distancia entre el atacante y ella.
Fue en ese instante en que Libertia advirtió que una nueva sombra entraba en escena devorando a la suya propia.Una sombra como de lechuza, con  ojos enormes repletos de vacío. Debía huir de allí, ahora, en pos de defender su vida. El pequeño sol, era, SU única salvación y hacia él se encaminó. Pero al avanzar cada vez mas hacia la lámpara,  el espectro alado mutaba de lechuza a águila, de ágila a cóndor, de cóndor a dragón. Libertia sintió que su final se acercaba, se imaginó devorada por las flamas liberadas por la boca del hijo del infierno y en medio de la noche, en medio de la ciudad se escuchó un grito, pero no era su grito, era el aullido desesperado del atacante quien también había sentido la sombra de la gárgola rozar su cuerpo y había huído en afiebrada carrera en pos de su salvación.    
Libertia, sin importarle el peligro, bajó para ver el estado en que se encontraba la muchacha sin advertir que, a medida que se acercaba al suelo, el dragón que había proyectado esa sombra se deshacía en cóndor, el cóndor en águila, el águila en lechuza y la lechuza en mosca.
Libertia posó sus patitas sobre la muchacha acongojada.
-¡¡¡Fuera mosca de mierda!!!, gritó la joven agitando enfurecida sus manos, ahuyentando a su salvadora.
Libertia esquivó los golpes y volvió hasta la misma rama del árbol desde donde había observado el inicio de aquel suceso. 
¿Qué hace una mosca en medio de la noche? se preguntó. 
Un auto pasó disparando la luz de sus faros contra Libertia. 
Sobre otra hoja del árbol, se proyectó la sombra de una mosca que lloraba.

viernes, 7 de febrero de 2014

INSTRUCCIONES PARA SENTARSE EN UNA ESCALERA

                                INSTRUCCIONES PARA SENTARSE EN UNA ESCALERA 
                                                                                                            a Julio Cortázar 

Desde los albores de la humanidad, el hombre há creído, equívocamente, que las escaleras sirven para subir, en el caso de que se esté abajo, o bajar, en el caso de que se esté arriba. Claras y elocuentes son las demostraciones de que ésta teoría es errónea y que tal artefacto no fue creado con ese fin ya que para bajar o subir tan solo se necesita un paso y muchas veces es inútil que se coloque una escalera delante de una persona si ésta no está decidida a dar ese paso. 
¿Cuál es el fin, entonces, para el cual ésta herramienta, imprescindible para la existencia humana, vió la luz?
Las escaleras fueron hechas para pensar. Cuando alguien está cansado luego de transitar kilómetros y kilómetros y necesita un instante de reposo, busca, indefectiblemente, un banco de una plaza, la banqueta de un bar o la saliente de una ventana, nunca una escalera. ¿Por qué?, porque esa persona sabe que si se sienta sobre escalones, una andanada incontable de recuerdos o pensamientos invadirán su mente haciéndole perder su noción de mortalidad, llevándola a lugares y tiempos que, sentado sobre suna silla común, no se atrevería ni remotamente, a explorar. ¿Es acaso casualidad que los coliseos y los antiguos senados tuvieran formas de escalinatas? Los griegos y Romanos sabían de éste secreto y es por eso que, en esos sitios donde la sabiduría y el pensamiento debían privar por sobre lo vanal, la única estructura edilica posible era la de la grada.
Hay un diseño de escalera para cada tipo de pensamiento. Es así como las escaleras de caracol sirven para los pensamientos espiralados, las escaleras empinadas para los pensamientos osados y las escaleras que no conducen a ningún sitio para intentar hallar salidas imposibles. 

Los dueños de los edificios también saben de ésto y es por ello que colocan carteles que prohiben sentarse en sus escaleras. Saben que si ésto sucediera, la gente preferiría los peldaños, donde podrían reflexionar, soñar y ser felices, a las untuosas, onerosas y estúpidas habitaciones donde solo se puede acceder a lo que esas habitaciones son y no a lo que la imaginación nos pueda brindar. 
Hé aquí, también, la causa por la que que cada vez se fabrican mas ascensores, o escaleras mecánicas ( las que cuentan con artilugios secretos que anulan las propiedades de las tradicionales), para que no nos dejemos tentar a sumergirnos en el mundo de ensoñación al que las escaleras nos conducen, sin darse cuenta, que el cordón de una vereda es un peldaño, la expresión mínima de una escalinata, ofreciéndonos su instante de reposo y de frescura a través del cual se puede llegar mas alto que el mas alto de sus edificios.

martes, 4 de febrero de 2014

LA LLUVIA A LA ALTURA DEL MANTEL

                                               LA LLUVIA A LA ALTURA DEL MANTEL 

Y esa maldita costumbre de poner las cosas a la orilla de la mesa, como si en el medio no hubiera lugar, como si se estuviera reservando el centro de la superficie para un florero, o un candelabro, o un centro de mesa mismo, o como cuando comprás una pizza, dejando el corazón de la secreta testigo de almuerzos, de cenas, de discusiones y reconciliaciones, para que la ocupe la caja cuadrada que conserva la temperatura de la de anchoas o la de muzzarella, con los palitos de madera, si, no con esas mesitas de plástico insípidas del tamaño de un dedal que evitan que el queso se adhiera a la tapa del cofre de cartón, pero no hay pizza, no hay florero, no hay totem, solo un inmenso, indescriptible espacio vacío y la pava con esa enorme panzota de acero inoxidable al lado del libro de Roberto Arlt con las letras plateadas sobre el lomo que nunca vas a terminar de leer porque siempre hay que hacer algo, arreglar la persiana, ir a comprar el pan, ver la última noticia que están pasando en el notidiario o cambiarlo al Mauri, que parece que tuviera cuatro años en lugar de sus siete meses y medio porque no se queda quieto ni un instante, gatea, se arrastra, se agarra de lo que puede para intentar ponerse de pie, como en ese momento en que Malena está saliendo de la cocina y que coincide con tus pasos llevándote hasta la puerta para saber quién es el que tocó el timbre dejando de prestar atención a los pequeños movimientos y el mate y el libro de Arlt que, por qué no estará en la repisa si nunca vas a terminar de leerlo y la pava al lado con el agua demasiado caliente por lo que al segundo mate la yerba se lava y el chico que se aferra al mantel porque las cosas brillantes lo atraen, y atrae el grito que te lleva corriendo hasta el living tratando de evitar lo inevitable, vos intentando llegar hasta la mesa, Malena tomándose la cabeza con sus manos y el pibe, el pibe que cambia su sonrisa por una mueca de horror porque, como si fuera una catarata, el libro se abre y cada letra se derrama sobre la pequeña cabecita sumando el aullido horrorizado del pequeño al alarido de la madre que te mira como preguntándote por qué, por qué no guardaste ese libro?