miércoles, 13 de noviembre de 2013

EL HOMBRE QUE ME MIRA

                                 EL HOMBRE QUE ME MIRA 

El tipo me mira. Lo hace de manera persistente. No es una mirada mala, como la de quien busca pelea, pero no por eso deja de incomodarme. Una botella de Quilmes reposa sobre su mesa. Le acompaña un vaso de esos de bar, como debe ser. No fuma. Es la primera vez que lo veo en el sitio, siendo que vengo asiduamente y, no obstante, me parece que lo conociera desde siempre. 
Bebe de a sorbos. No puedo evitar dirigirle mi mirada por momentos y, cada vez que lo hago, me encuentro con sus ojos escrutándome. Pienso que, quizás, no sea a mi a quien observa sino al espacio que ocupo. Lo llamo a Paulo, le digo que, si no le molesta, cambio de mesa. No le cuento por qué, pero él accede sin objeción alguna. 
Mi teoría es incorrecta. El hombre sigue con sus ojos claros, profundos, clavados en mi persona, no parpadea, no se mueve. 
De pronto veo dos lágrimas surcando su rostro. Algo me intriga de él, no puedo pensar, no puedo moverme. Los párpados del hombre se cierran, veo que los aprieta y puedo sentir mis huesos, mi piel, mi carne, mi historia, desvaneciéndose en el aire hasta que desaparezco por completo.