lunes 24 de octubre de 2011

LUNA DE PLATA

LUNA DE PLATA


A una señal del hombre mayor, el muchacho se detuvo. Allí, al final del corredor, la puerta entreabierta dejaba entrever una sombra estática y encorvada.

Ambos, padre e hijo, cargaron sus escopetas con balas de plata brillante, como la luna que fulguraba en el cielo, sonriente y triunfal, porque, nuevamente, había logrado su cometido, pero ellos estaban allí para impedírselo.

Tal vez, si sus disparos se dirigieran a ella, el hechizo se rompería y no solo el alma de esa sombra hallaría la calma sino la de todas las almas torturadas por su influencia.

Pero ella estaba segura en su altura, protegida por la distancia y por el miedo de aquellos que no se atrevían a intentar acelerar su extinción, porque un disparo fallido significaría la condena eterna.

Ya frente a la puerta, ambos martillaron sus armas tan suavemente que ni ellos mismos escucharon el sonido.

Los movimientos fueron seguros, exactos. Apenas la patada hizo que los límites se rompieran, la plata fue fuego entrando en la carne y la sangre vida huyendo por las heridas.

Sobre la cuna roja que mecía al hombre para que éste, al fin, se quedara dormido, la muerte fue devolviéndole forma humana a lo que había sido un poeta.

Tal vez fue la visión de la parca invadiendo un cuerpo. Tal vez la misma luna fulguró mas fuerte para atraer su atención.

Cuando el hombre se dio cuenta, el muchacho estaba leyendo lo que el engendro había derramado con su pluma sobre el papel en blanco.

Pensó en su esposa, que les había implorado hasta la desesperación que no fueran, que otros podían hacerlo.

No intentó quitarle el escrito, ya era tarde, mordió sus labios y, con la visión nublada por los ojos empapados, buscó otro cartucho en su bolsillo.