sábado 9 de abril de 2011

LA MISION

En el año siete de la era cristiana, tres caballeros se infiltraron entre las tropas musulmanas a sabiendas que de ellos dependía la victoria de sus fuerzas. No llevaban espadas ni armaduras. No llevaban caballos ni catapultas. No llevaban arcos ni flechas que zumbaran en el aire anunciando el final de la vida. Los musulmanes superaban a los cristianos en una proporción de cien a uno y sabían que, de enfrentarse, los herejes arrasarían con ellos como un niño que juega con un puñado de hormigas. Monegat, Percival y Warrior habían estado durante seis meses conviviendo con tuberculosos, leprosos, diftéricos y enfermos de cuanta peste pululara en Inglaterra. Sabían que era una misión suicida, pero estaban seguros que, una vez mezclados con sus oponentes, éstos comenzarían a diezmarse como hojas caídas en otoño. Había nacido la guerra bacteriológica.