domingo, 13 de agosto de 2017

MARKETING

                                               MARKETING

Para las mujeres, la imagen de la parca es la de Brad Pitt en "¿Conoces a Joe Black?". 

Para los hombres, la de Jessica Lange en "All That Jazz". 
Evidentemente, la muerte tiene mejor departamento de marketing que la vida.

sábado, 12 de agosto de 2017

DESPUÉS DE USTED

                                DESPUES DE USTED







No eran aún las ocho de la mañana cuando el señor Cortez corrió las mantas que lo cubrían para abandonar su cama.

Hacían ya desde las seis que el sueño lo había abandonado, pero no tenía nada que hacer y decidió quedarse otro rato acostado, cavilando.

A eso de las ocho, sus viejos huesos le dijeron que ya no eran de esos días en los que, en compañía de Marta, su esposa, se quedaban todo el domingo en el lecho mirando películas, leyéndose poemas y relatos uno al otro, jugando al veo veo o bien haciendo el amor. Así que a las ocho y diez, el señor Cortez ya se había lavado los dientes y permitía que el agua tibia de la ducha le devolviera un poco de movimiento a su cuerpo mientras dejaba que Mozzart, desde su compactera, le devolviera un poco de movimiento a su alma.

A las ocho cuarenta el señor Cortez ya había enfundado en su traje negro y camisa blanca. La corbata preferida de Marta, la azul con rombos celestes en el extremo, le daban el toque de elegancia.

Se miró de perfil en el espejo del dormitorio y comprobó, como todos los días, que estaba un poco excedido de peso.

A las nueve y diez encendió el Chevrolet 64, el Súper, y lo dejó marchar un rato para que la temperatura llegara a su punto adecuado.

A las nueve treinta y siete, el señor Cortez, que se había deslizado en su auto por la calle Salvat, se detuvo para cederle el paso al Falcon 82 blanco que venía por Bustamante, una de las calles transversales.

El Falcon blanco estaba conducido por el señor Caballero.

Una hora antes, desde el otro extremo de la ciudad, el señor Caballero salía de su casa.

Dos horas atrás, el señor Caballero desayunaba frugalmente luego de darse la acostumbrada ducha diaria, escuchar las noticias y sacar a a Doggy, su perro, a hacer también sus acostumbradas necesidades.

Hacían ya un par de meses, el corazón del señor Caballero se había visto afectado debido a su repentina e inesperada viudez. Por eso trataba de que sus días transcurrieran como debería haber vivido toda su vida, tranquilo.

Esa mañana había decidido visitar algunos de los clientes de su época de vendedor y por eso se dirigió hacia el sur de la ciudad.

Si por el camino no se hubiera detenido a mirar la vidriera del bazar de San Martín y Ayolas que tanto le gustaba, ya a las nueve y quince, habría cruzado la calle Bustamante, viniendo por Salvat, ruta obligatoria para llegar a lo del turco Salim, pero lo hizo y, por ello, a las nueve y treinta y siete, detuvo su Falcon blanco exactamente en esa esquina para dar paso al Chevrolet.

La mano le correspondía, puesto que el Chevrolet venía desde su derecha, pero el señor Caballero había portado su apellido con orgullo durante toda su existencia y estaba dispuesto a hacerle honor al mismo de igual manera.

A todo esto, el señor Cortez, viendo tan noble actitud, decidió que no podía ignorar el proceder de esa persona, sin duda afable, y decidió darle paso.

Desde el vehículo del señor Cortez pudo verse la amable sonrisa del conductor del Falcon blanco y el gesto con la mano invitándolo cordialmente a cruzar la acera, posición que él mismo adoptó invitando al Falcon a trasponer la bocacalle.

Tanto las calles Bustamante como Salvat son de un solo sentido. Si los autos están estacionados correctamente y hay veinte metros al final de la cuadra sin ocupar, un vehículo puede traspasar a otro en una situación como la que se encontraban el Sr. Cortez y el Sr. Caballero.

Pero en ese momento los de aguas provinciales habían roto el pavimento lindante a la vereda derecha por ambas arterias por lo que por el espacio que quedaba solo podía transitar un automóvil. Las bocinas comenzaron a hacerse escuchar.

No obstante ello, el Sr. Caballero no estaba dispuesto a abandonar su actitud de dejar pasar primero al otro vehículo. Y lo mismo sucedía con el Sr. Cortez.

El Sr. Cortez se cruzó de brazos.

El Sr. Caballero se cruzó de brazos.

El Sr. Cortez extrajo un peine del bolsillo de su saco y, mirándose en el espejo retrovisor, comenzó a peinarse.

El Sr. Caballero iba a hacer lo mismo pero recordó que era calvo, por lo que tomó el periódico que llevaba en el asiento del acompañante y comenzó a repasar las noticias que ya había leído antes de salir de su domicilio.

A éstas alturas de los acontecimientos, los cláxones ya rozaban el límite con o exasperante por lo que los vecinos comenzaron a salir a la calle y, hasta algunos, llamaron a los medios de difusión para elevar sus quejas.

Desde el helicóptero de TV diaria podían verse las colas de varias cuadras de automóviles apilados y, en las cabezas de las serpientes, el Ford blanco y el Chevrolet metalizado.

Fue la nieta más pequeña del Sr. Caballero la que vio las imágenes, la que le avisó a su madre pero no la que llamó por teléfono a su padre en el trabajo para comunicarle lo que estaba aconteciendo. Esa fue la mediana.

En cambio, la que le avisó a la hija del Sr. Cortez fue Doña Amalia, su vecina.

Bastante demoraron los otros automovilistas en tomar cartas en el asunto. El que no tardó ni un segundo en sacar su revólver de la guantera, cuando uno de ellos extrajo por las solapas al Sr. Caballero del interior de su vehículo, fue el Sr. Cortez.

El disparo al aire puso al instante al exaltado en su lugar, es decir, de regreso al interior de su auto.

El Sr. Caballero, quien ya había apagado el motor de su automóvil, acomodó entonces sus vestimentas y se acercó para estrecharle la mano en señal de agradecimiento a su salvador, quien también había cortado el contacto del encendido de su carro.

Eran las diez y cincuenta y siete cuando el Sr. Caballero le ofreció un puro al Sr. Cortez, el que lo aceptó a las diez y cincuenta y ocho, en el mismo momento en que su hija y el hijo del Sr. Caballero llegaban al lugar y le decían a los policías de tránsito que ellos no interferirían en las decisiones de sus progenitores. Que si habían procedido de esa manera sus razones tendrían. Explicación que, indudablemente, no satisfizo a los uniformados quienes, aproximadamente a las once y treinta, colocaron las esposas en las muñecas del Sr. Cortez y del Sr. Caballero.

Alrededor de dos horas demoraron las grúas para llegar hasta los vehículos enclavados en la intersección de Salvat  y Bustamante.

A las quince y treinta, Chevrolet y Ford, uno al lado del otro, fueron estacionados en el depósito de la municipalidad.

A esa misma hora, los paramédicos intentaron, inútilmente,resucitar del infarto al Sr. Caballero.

A la mañana siguiente, con el tráfico fluyendo normalmente por toda la ciudad y siendo las doce treinta horas, el Sr. Cortéz salió del restaurante ubicado en la intersección de Avellaneda y Pellegrini donde, a pesar de poseer ambas vías  un exagerado caudal automotriz, no había semáforos.

Subió a su Chevrolet, estacionado por Pellegrini, retirado durante la mañana del corralón luego de abonar la multa correspondiente, y se quedó sentado.

A las doce cuarenta y cinco, el cortejo que trasladaba al Sr. Caballero por Avellaneda hacia el cementerio, intentó varias veces trasponer la intersección con Pellegrini sin obtener fruto alguno.

El Sr. Cortéz encendió su auto azul metalizado y lo atravesó en la bocacalle forzando a los coches que venían por Pellegrini a detenerse.  Apagó el motor y descendió del Chevrolet para estar de pie cuando el Sr. Cortez pasara por Avellaneda.

viernes, 11 de agosto de 2017

LA PRUEBA

                                                             LA PRUEBA 


Adán es expulsado del paraíso. La manzana há sido mordida. Su dolor no le permite interrogar a Eva para que le explique por qué lo ha hecho, no obstatnte está seguro que fue ella. 
Eva tampoco le recrimina a Adán, aunque en su certeza, le duele la traición. 
Dios los observa impertérrito, recoge la fruta mordida y la guarda entre sus túnicas para que nadie advierta que son suyas las marcas de los dientes.

martes, 8 de agosto de 2017

LA PROMESA



                                       LA PROMESA

                                                              A Daniel Musciatti



-¿Así que es escritor?- el hombre acomodaba un marco de aluminio  de un metro por un metro mientras le hablaba.

Cuatro semanas llevaba intentando escribir el relato que le había prometido.

-Entonces, seguramente, va a crear una historia sobre mí- agregó el fabricante mientras atornillaba la reja a la abertura.

-Aquella mañana-escribió él– al recibir el pedido del aluminio…-no, no servía.

-Cuando le encargaron aquella extraña puerta…- no, tampoco.

Tomó el papel con cien, mil, un millón de tachaduras, lo hizo un bollo y lo arrojó a través de la ventana que el mismo hombre había creado para él. No vio el giro que ésta dio en el aire. No vio su pirueta antes que emprendiera el vuelo, luego de transformarse en mariposa.


lunes, 24 de julio de 2017

UNA COSA U OTRA



                                            UNA COSA U OTRA

Ana escribe su nombre al revés. Le da lo mismo una cosa u otra. Se para y separa el helecho del lecho. La rama del mar al que ama Mara. La nube que no hube besado. Besa dos tiempos al mismo tiempo y destraba trabas. La rueda rueda. Ana va hacia Asia. Vela la vela y lava lava. Su bebé, bebe. Una mariposa va al mar y posa. Nada rumbo a la nada, donde las moras moran. Ana dice que éste es su este. Esté donde esté. Allí está el amo al que amo, dice. A Ana le da lo mismo una cosa u otra. Yo miro el río y río. Camino caminos. Y cuento cuentos.

domingo, 16 de julio de 2017

CIRNAOLA 16/07/17

http://www.cirnaola.com/

Tapa de la revista digital CIRNAOLA del 16 de Julio de 2017



lunes, 10 de julio de 2017

DARKSIDE



                                                     DARKSIDE



Durante el transcurso de un año, los habitantes del pueblo de Darkside habían presenciado la metamorfosis de su reina en una serpiente de siete cabezas, de su rey en un profundo y oscuro pozo y de sus príncipes en rata el uno y en hiena la otra.

Hartos de éstos acontecimientos, granjeros, artesanos y comerciantes fueron en busca de Audeba, la bruja mala del norte, en pos de que deshiciera esos hechizos que, seguro, eran la causa del infortunio real.

Mientras tanto, Egfron, el hechicero de palacio, intentaba recordar la fórmula de la pócima que utilizaba para cubrir con su manto a la familia monárquica, la cual evitaba que, cada uno de ellos, fuera visto en su verdadera esencia y  tal como realmente era.